
Por Rosario Puga
La historia podría haber registrado el bombardeo de Gernika en el país vasco como uno más de las acciones de la guerra civil española. El 26 de abril de 1937 meses después del inicio del conflicto el pueblo de 6.000 habitantes era bombardeado por aviones de la Legión Cóndor de la aviación alemana. Guernica, cuna histórica del nacionalismo vasco que quería aplastar a Franco, se convirtió así en la primera ciudad de la historia destruida por un ataque aéreo que apuntó exclusivamente a objetivos civiles. El modus operandis fue registrado y se repetiría a manos de distintos grupos hasta no sorprender a nadie pero en la época constituyo un acto de barbarie extrema que dejo al mundo perplejo.
Teatro de ensayo de las fuerzas fascistas que iban a dominar Europa en los años siguientes, muchos focos de la guerra civil española fueron utilizados para enviar un mensaje al resto del continente sobre el poder militar de Alemania y sus aliados. La demostración sirvió para inclinar la balanza del conflicto a favor de los sublevados encabezados por Francisco Franco, quien lidero en nombre del fascismo ibérico la insurrección contra la segunda republica, cuyo aplastamiento fue visto con buenos ojos por otras potencias de la región. Pero lo que subsiste en la memoria histórica sobre la matanza es la imagen del célebre cuadro de Pablo Picasso, el registro de un acto de barbarie que la técnica cubista logro retratar en todo su espanto.
A pesar de que no era un objetivo militar la masacre tenía fines muy concretos. Y aunque la controversia sobre el número de muertos subsiste hasta hoy, lo cierto es que Gernika era un punto de comunicaciones y de abastecimiento clave para las fuerzas republicanas y el ensañamiento del ataque aéreo que lo borro del mapa fue un acto emblemático contra la población civil vasca, que demostró que las fuerzas que operaban contra la republica correspondía a una conjura ideológica que superaba a las fuerzas involucradas en el conflicto interno.
El relato de la matanza al resto del mundo fue también la épica personal de un corresponsal de guerra comprometido con denunciar al mundo la tragedia que vivía España que sería el preámbulo del drama de todo el continente. Aunque muchos han acusado al periodista George Steer de haber sido parte del aparato de propaganda de los ingleses contra la potencias del eje, su reportajes denunciaron el hecho en su reales dimensiones y salieron el paso a las versiones del franquismo acerca de la destrucción del pueblo a manos de los mismos republicanos. A Steer le interesaba poner en escena la maquinaria de guerra puesta en movimiento contra el pueblo español. Celebre es su artículo publicado en la portada de New York Times, que describía con precisión los ataques en picado de los Junkers y Heinkel alemanes que descargaron sobre Guernica miles de bombas, la mayoría incendiarias, antes de ametrallar a los habitantes que escapaban de los incendios.
A 75 años el hecho sigue a la sombra de las verdades incompletas o esclarecidas a medias que marcan a la España post franquismo, sin embargo desde la perspectiva del pueblo vasco esta conmemoración está iluminada por los nuevos caminos que recorre la lucha independentista, que arroja otra luz sobre la emblemática comunidad como bastión del derecho a la autonomía.
El pueblo fue reconstruido y el proyecto de la autonomía también. Pero en tiempos en que las fuerzas fascistas vuelven a tener expresión política en distintas zonas de Europa la memoria es una sana obligación.
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