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Shame: El derecho a ver y juzgar

26 de Abril de 2012 -

Conflicto colombiano

 

Por Rosario Puga

Cuando las industrias culturales deciden filtrar los temas y propuestas con las cuales las audiencias pueden tener contacto, la consecuencia más obvia es la infantilización de la ciudadanía,que se supone es protegida con la censura que ejerce de manera directa la empresa. Las razones que suelen argumentar los controladores de la oferta cultural es que hay que proteger valores: ¿cuáles?¿los de quién? Generalmente los conceptos en juego corresponde a los sistemas de creencias de quienes controlan el capital. Así se vulneran derechos básicos como el derecho a la libertad de conciencia y de información.

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Esos derechos entre otros vulenera la decisión de la rede de cine CINEMARK quienes determinaron no programar la película Shame del director británico Steve Mcquenn, debido a sus escenas explícitas de desnudos y sexo. La censura, en todo caso, no fue una decisión tomada en Chile, pues Cinemark decidió no exhibir el film desde diciembre del año pasado, cuando fue estrenada en Estados Unidos.

De esta manera, la película que ostenta más de diez premios en diferentes festivales no será proyectada en las salas de Cinemark. Si bien el resto de las cadenas de Cine en Chile, estrenarán el film restringida a menores de 18 años la aplicación de la prohibición es indignante.

Y como en una provocación aquí  en la Casa de los Espejos les facilitamos una reseña del film.

En estricto rigor se trata de una película sobre el sexo no sobre el erotismo, donde los cuerpos son todo el escenario que la historia necesita. A partir del notable despliegue de una cámara frontal, de planos prolongados McQuenn consigue hablar de sexualidad poniendo los cuerpos en escena. En las primeras secuencias nos obliga a confrontarnos con la desnudez del protagonista con tomas frontales que rompen de entrada cualquier duda sobre el modo en que se va a contar la historia. Esto que sería obvio para una película de este tipo no es frecuente en la era del desnudo cuadriculado, donde el tratamiento frontal de la desnudez masculina causa tanto revuelo. En este caso el recurso permite el desarrollo de una historia donde la profundidad de la frustración es un significante “carnal” magníficamente logrado.

Aunque la promoción del film usa la adicción al sexo como temática central en los primeros minutos queda claro que se trata de otra cosa. Se trata de la superficialidad del funcionamiento de una vida donde el placer es una ausencia que obsesiona al protagonista, que día tras día repite un sórdido rito auto flagelante que lo confronta con el vacio emocional de su forma de vida, donde pequeños momentos de intensidad dan paso a grandes extensiones vacías de conciencia y de sensaciones.

Parte importante de la eficacia de la propuesta está lograda por el trabajo de Michael Fassbender, quien en el mejor momento de su carrera asume el riesgo de dar forma a Brandon, un personaje que está lejos de las sicopatías y de los sicópatas que  construye el cine y despliega un repertorio de conductas donde la devastación adquiere un significado bastante intenso. Consciente del poder que ejerce y controlando la violencia de sus impulsos evita la profundidad de cualquier vínculo que lo remita algo que no puede controlar y esa trayectoria lo conduce muchas veces a su propio cuerpo, con un nivel de descontrol que es lo más conmovedor y amenazante que tiene el film.

El uso dosificado de los diálogos quiere situarnos ante la ausencia de las reflexiones del personaje que es acorralado por la presencia de una hermana -magníficamente interpretada por Carey Mulligan- que invade su precariedad con la propia y desata una crisis que alcanzamos a entender como la carga de una tensión sexual compartida pero no enunciada.

Si bien el trauma se insinúa como explicación de la conducta del protagonista, la repetición de los actos que forman su perturbadora vida sexual se explican también por la impulsividad que opera como mecanismo de  evasión de  los devastadores efectos de un secreto que se nos  devela sólo a medias. En ese punto la película goza de un admirable equilibrio, que deja en evidencia  que  el trabajo con la desnudez de los cuerpos es sólo el soporte para hablar de una desnudez emocional que gracias a la forma en que la película esta filmada adquiere una admirable profundidad.

Hecha sin contemplaciones pero sin juicios de valor, el director imprime su sello y se sirve de una cámara y una fotografía nítida, renunciando a recursos visuales que resten frontalidad al registro. Usando un New York que se construye más desde la sordidez de su tren subterráneo que en los asépticos interiores yuppies donde los personajes desarrollan su vida social.

El final más que abierto es intencionadamente ambiguo y deja en el espectador la formulación del desenlace, una opción lógica ante el grado de exposición hecho en el desarrollo del film donde el ciclo de devastación se repite como un círculo cerrado donde sólo queda la reiteración.

Se trata de una producción desafiante, con un ritmo pausado, sin rastro de la sensualización que se podría esperar. En ese sentido es igual de dura  que Hunger, el film  sobre la vida del  Bobby Sands que reunió por primera vez a la dupla Fassebender /Mcqueen . Y logra algo que no estaba dentro de sus objetivos: no obliga a mirar en el drama de la vida de otro, sin contemplaciones, de piel a piel.

Desafíe la censura y forme su propia opinión.

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