Por Luis Casado
¿De qué sirve una teoría impotente, incapaz de explicar nada, inútil a la hora de pensar, inservible para resolver la más mínima cuestión, infecunda para encontrar alguna respuesta? Si excluimos la práctica del onanismo que caracteriza a los economistas, para nada. André Orléan, Director de Estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, acaba de publicar un libro titulado “El imperio del valor” o cómo “Refundar la economía”. Orléan sostiene que la economía, como disciplina, atraviesa una serie crisis de legitimidad. “En su nombre”, dice, “se ha practicado una política suicidaria de desregulación financiera”.
En el ámbito académico “la enseñanza practicada permaneció idéntica a lo que era antes de la crisis y en el campo de la investigación se buscaría en vano alguna inflexión de los conceptos o los métodos”. Y concluye: “Contrariamente a las portadas de algunas revistas que anunciaron el retorno de Marx, de Schumpeter y otros, nada se mueve”. En suma, la economía no fue capaz de prever ni la crisis ni los desórdenes que trajo consigo. Algo así como una meteorología que no supiese si va a llover o no, o si los días que siguen serán cálidos o helados. La meteorología que consiste en chuparse el dedo y levantarlo luego para saber de dónde sopla el viento primaba hace cinco o seis siglos. Es lo que ocurre con la teoría económica: sigue viviendo en la Edad Media, pero en la baja Edad Media. “Su ceguera es el signo de un profundo disfuncionamiento que exige, para ser corregido, la renovación radical de los métodos y los conceptos, y en primer lugar aquel de valor económico”, dice la presentación del texto. Y ya estamos en el meollo del tema. Los economistas clásicos comenzaron por establecer sus teorías del valor, zócalo sobre el que sus seguidores edificaron un enredo de hipótesis, conjeturas, teoremas, paradojas e incongruencias cuyo fin no consiste en comprender la economía sino en justificar el orden establecido. Algo así como la voluntad divina: naciste pobre, sufres, eres un mal nacido, un atorrante, un miserable y tus descendientes lo serán per omnia saecula saeculorum, pero si te quejas vas a contrariar los designios de dios. A eso consagran lo mejor de su tiempo los economistas de pacotilla que sostienen que el mercado es la representación de dios en la tierra, y la ley de la oferta y la demanda algo así como las Tablas de la Ley. Orléan osa meter los pies en el plato y pone en evidencia que “La tradición económica concibe el valor, -de las mercancías o de los títulos financieros-, como una dimensión objetiva que se impone a los actores como un hecho natural”. Ahora bien, prosigue Orléan, no existe nada que se parezca a “valores verdaderos”.
En un mundo incierto como el nuestro muchos precios son posibles porque muchos futuros son posibles. Por esta razón, la evaluación no tiene nada de neutro. Nunca es la medida de lo que es, sino siempre la expresión de un punto de vista al servicio de intereses muy concretos. Y esos intereses deciden del camino a seguir, y de lo que es bueno o malo para el conjunto de la sociedad. La expresión “el precio del mercado” no quiere decir nada, absolutamente nada, si no es algo ligado muy de cerca a los intereses de quienes ejercen el poder económico y financiero. Las supuestas informaciones objetivas que determinan la mejor asignación de los recursos, -informaciones que suelen limitarse a los precios-, nacen pringadas en su origen. Orléan sacó la cabeza por la ventana y vio el mundo como es, algo muy raro en los economistas que, en el siglo XX y aún ahora, siguen pensando el mercado como una nube de intercambios entre una infinitud de pequeñas empresas y los consumidores.
En los EEUU tuvo que venir John Kenneth Galbraith a explicarles que existían las mega-empresas, los monopolios, los carteles, el dominio de unos pocos no sólo sobre la oferta sino también y cada vez más sobre las características de la demanda. Lo que sigue es conocido: el santo advenimiento de la dominación del capital financiero, ese cuyo oficio consiste en recuperar buena parte, -la mejor parte-, de la riqueza creada con el trabajo de todos, sin producir ni una rueda de monopatín. Ese oficio de truhanes se llama especulación, usura, agiotismo, robo, abuso y pillaje. Y tiene respaldo estatal. Si por acaso los truhanes, enceguecidos por la codicia, llegasen a perder un dinero que por añadidura no es suyo, los Estados proveen a restablecerles en sus ganancias y latrocinios haciéndole pagar la cuenta a sus respectivos pueblos. El economista está ahí, oportunamente, para explicar, en su calidad de “experto” que “no hay alternativa”, que lo obrado está bien obrado y que el camino seguido no sólo es el único posible sino el mejor y el más promisorio. Pero su ignorancia y su mala fe ya quedaron al desnudo y poco a poco la reflexión económica retoma el curso que nunca debió haber abandonado. Lo que, si hubiese alguna justicia en la tierra, obligaría a la mayor parte de los economistas a volver a la escuela. Primaria, la escuela.
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