21 años de libertad

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Registros pioneros, sonidos ingeniosos

21 de Junio de 2013 -

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Y allí andaban estos curiosos pioneros, enfundados con sus mil micrófonos  y sombreros, sacándole ruido a las piedras, a toda hebra trivial sospechosa de vida, a los insectos, al resto de mortales marsupiales, que no entendían por qué tanto jolgorio esas veces que acudían a un velorio y hasta los suspiros de tablas  grababan del cajón mortuorio. Episodios que de tan intensos y desconocidos han ido curtiendo el repertorio, el sonido, como aquel de los rumiantes, que en su desplante paraban la trompa y se mandaban un do de pecho fulminante, ni hablar de los leones que apenas veían al homo grabador, no paraban en las emociones y hacían de su fingido rugir una verdadera canción, con tal de no faltar en la exótica grabación. Ensayo de máquinas en pos de melodías, que no hacían oídos sordos y recorrían el planeta de oriente a occidente en busca del ruido diferente, de lo más hondo por más el clima inclemente, grabadoras que se pasaban horas tras el quejido, pendiente de los ronquidos, de aquellos interminables sonidos que se batían de un zuácate entre el glamoroso  anonimato y precoz estrellato.

Y si bien se trata de una iniciativa comercial, es mejor guardar ese registro sonoro porque resulta que el mundo se puede acabar -decía el concentrado sonidista mientras los rayos y centellas se batían allá por Pompeya- y no hay mejor modo de desaparecer con el sismo, dejando bien guardado el registro de alharacas mientras todo mundo se tiende de bruces, rogándole al cielo ya no le siga con su matraca. Que es cosa de ver a los cazadores, armados de pilas y grabadores, con tal de atrapar a esa presa de bemoles a como diera a lugar, y si había que madrugar para lograr la señal de pajaritos del Madagascar, allí ponían su mejor cara de búhos para lograr su objetivo, aquel de trasnochar en pos del canto juglar y primitivo del mentado animal. Que ni Caruso quedó exento del verbo grabar, que mientras que por el Amazonas iba y venía tarareando odas, su registro tonal se arrastró hasta el mar, quedando varado entre las olas para suerte de todo el reino animal ¡Oh, sole mío! -Se decía- ante la dicha de saberse inmortalizado, que incluso su pedorro acento, su gástrico sonido estomacal, quedará históricamente grabado para uso  patrimonial.

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